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El guerrero perdido II (Corregido y aumentado)

 
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OLAT
Odinista


Registrado: 15 Sep 2010
Mensajes: 44

MensajePublicado: Mie Dic 14, 2011 1:39 pm    Título del mensaje: El guerrero perdido II (Corregido y aumentado) Responder citando

Capítulo I

Ese día el viejo vikingo permanecía acostado, a través de la noche apenas había podido conciliar un rato el sueño, debido sobre todo a una terrible tos, que le atosigaba un día tras otro.

El día anterior había salido a recoger unas hierbas aromáticas, y cuando regresó a la cabaña, puso agua a hervir en la marmita, y luego deposito un puñado de las plantas en el pequeño caldero.

Cuando hubo obtenido la ansiada infusión, entonces se la tomó despacio y eso le alivió, pero al tumbarse sobre el lecho fabricado con ramas y hojarasca, al poco tiempo volvió a aparecer el picor de garganta y le sobrevino otra vez la dichosa tos, que parecía que no estaba dispuesta a abandonarle. Aún así, a la mañana siguiente, se levantó como pudo, sacando fuerzas de flaqueza, sintiendo una fuerte presión en su cabeza, tal vez debido a que se encontraba bastante congestionado.

Sin embargo, a pesar de todas estas contrariedades, que solían comenzar al principio de la estación de otoño, tomó la gran hacha por el largo mango hecho con madera de roble y se colgó del cinto la espada, reforzada en el mango con tiras de piel. No se olvidó de tomar su preciado cuchillo con mango de hueso de madera.

En una especie de bota fabricada de piel de animal, puso una cantidad suficiente de agua, pues la garganta le ardía, y esa sequedad se manifestaba a cada paso que daba y le obligaba a escupir, ya que las flemas le fluían sin tregua desde el pecho; por eso necesitaba hidratarse constantemente.

Olatsson, que así se llamaba nuestro amigo vikingo, una vez que se hubo pertrechado suficientemente, cruzó el umbral de la rústica choza y se dispuso a tomar una estrecha senda que le condujo, después de aproximadamente dos horas, a una bifurcación.

Pretendía, sin duda, alcanzar la cima de la falda de la gran montaña, y luego subir por la vertiente izquierda, con el objetivo de llegar al poblado del otro lado del valle, donde tenía algún pariente y amigos, y de esa forma podría descansar y cobrar las fuerzas que preveía, dada su actual situación, perdidas.

El viejo y solitario vikingo había pasado ya ocho inviernos en la morada que ahora abandonaba, y aunque de fuerte complexión y carácter, que le habían ayudado a sobrevivir, al sobrevenir el último otoño, las fuerzas le habían ido dejando, la enfermedad había llegado hasta el, y jornada tras jornada le fue debilitando, y eso que siempre había realizado las ofrendas necesarias a los dioses con el firme deseo de que le protegieran de todos los peligros del bosque, como los ataques de las alimañas, las grietas, los derrumbamientos de piedras, troncos o nieve, y sobre todo de las temibles enfermedades.

En aquellos tiempos, la mayoría de las veces, una enfermedad traía a continuación la muerte. Muchos formidables guerreros no habían caído en combate luchando valientemente con sus armas en la mano, sino en el curso del invierno, con las fuerzas diezmadas por las fiebres y atormentados por las maldiciones que cayeron sobre ellos, provenientes de la mano de ciertos espíritus malignos y de brujas demoníacas que sólo servían al malvado dios Loki.

Pero Olatsson era fuerte. Si lograba subir toda la montaña y alcanzar la cima, podría descender por la otra vertiente y llegar al otro valle. Esto lo podría realizar sin mucha dificultad y luego, allí, al llegar al poblado, se encontraría con sus congéneres que se harían cargo de el y seguramente le cuidarían. Allí, podría descansar de su soledad y con la ayuda de los suyos, podría alimentarse mejor. Luego, más adelante, ya les recompensaría trabajando un tiempo para ellos, bien con el ganado o en las labores agrícolas.

Lo principal ahora era pasar el invierno al abrigo del fuego del poblado, porque si se quedaba y permanecía solo en la cabaña en mitad del bosque olvidado, probablemente acabaría falleciendo.

Temía que las fuerzas le fueran abandonando del todo. Llegaría un punto en el que no podría salir ya a cazar y poder alimentarse. Incluso, el apetito se le disiparía, no tendría ganas de comer, debido a la fiebre. Su organismo se iría deteriorando, y ya sólo le acompañarían días llenos de alucinaciones; le sobrevendrían horribles pesadillas que le atormentarían hasta que llegasen los espíritus negros, esos que únicamente se pueden ver cuando vienen a llevarte, para ayudarte a cruzar el abismo de Hell.

En medio del camino, el vikingo no quería detenerse ya a pensar en todo esto, sus sienes empezaban a hervir. Lo mejor era no abandonar la decisión de seguir adelante, de no pararse bajo ningún concepto.

No podía perder nada de tiempo en esta empresa, dado que el invierno se acercaba ya a pasos agigantados. No sabía si iba a conseguirlo o si el gran Oso blanco llegaría de pronto para asestarle un brutal zarpazo que acabaría en un instante con su vida.

Se encaminaba ya senda arriba, buscando azarosamente el camino que le llevaría al cénit de la gran montaña.




Capítulo II


Olatsson se ajustó las tiras de piel que envolvían sus pies, tuvo mucho cuidado de ir pisando evitando las esquirlas de las piedras que podrían herirle y dificultarle la marcha. Avanzaba muy despacio y de manera dificultosa. El terreno se iba haciendo cada vea más empinado. El fardo que cargaba al hombro le pesaba, pero deba gracias a que el sol se ocultaba detrás de una espesa fría y húmeda neblina, y esto le ayudaba notablemente para progresar en el avance.

Los enormes pinos formaban una espesa muralla en la falda de la montaña, justamente allí en lo alto, frente a el, y al observarlos se imaginaba que eran enormes gigantes que le provocaban, incitándole a llegar a su alcance.

Mientras caminaba aguzaba el oído, y ahora sólo escuchaba el murmullo de las lejanas torrenteras de agua que se deslizaban a lo largo de la montaña, y los graznidos de los enormes cuervos negros, que de vez en cuando sobrevolaban entre la gran masa verde del bosque, rasgando la cortina de niebla.

En medio de todo esto, le dio de pronto por querer entretener los sentidos recordando aspectos de su vida pasada y abrió la memoria a imágenes de cuando era sólo un niño, un pequeño que se sentía feliz y dichoso jugando con los de su edad. Hacía tanto tiempo de eso. Eran buenos tiempos aquellos. No hacia mucho que su padre había partido con sus hombres en una expedición exploratoria hacia los mares del oeste.

Su padre había sido un terrible jefe del clan de los cuernos largos. Así se denominaba a este singular clan por sus orígenes dedicados en su mayor parte a la explotación de la ganadería. Su clan desde tiempos inmemorables había subsistido y progresado reuniendo inmensos rebaños de uros y de bisontes. Se habían alimentado con su carne y vestido con sus pieles.

Se habían adornado sus cabezas con las cornamentas de los grandes machos, eligiendo las más grandes osamentas y utilizándolas sobre todo en rituales basados en tradiciones oscuras y ancestrales.

Todavía recordaba como sus ojos se habían abierto como platos cuando su abuelo apareció entre el humo de la hoguera tribal vestido con una piel de oso y adornando su cabeza con la gran cornamenta de un gran ciervo macho.

También su padre Olat cuando fue elegido jefe se había uncido en la cabeza un yelmo de donde sobresalían por cada lado un gran y alargado cuerno de uro.

El poblado en donde se había criado de pequeño constaba de unas 120 cabañas y un gran recinto comunal, en donde su padre, como gran jefe del clan, solía convocar a las reuniones asamblearias (Althings), así como también abría las puertas a otro tipo de celebraciones, como cuando regresaban victoriosamente de las expediciones marítimas, o cuando se cerraba el trato de una boda, y principalmente cuando llegaban los días tradicionales de los cambios de estación, que eran motivo de rituales y todo tipo de ofrendas a los dioses.

En todas estas celebraciones siempre tenían lugar suculentos festines a base del sacrificio de grandes animales como jabalíes, venados, bisontes, y en especiales ocasiones hasta del gran padre Mamut, que proporcionaban la carne necesaria para que todos los componentes del clan saciasen su hambre, y podían acompañarse con diversos frutos del bosque, tal como bayas y raíces comestibles. El vino, la cerveza y el preciado hidromiel acompañaban a las viandas y a medida que se iba produciendo su ingesta, el carácter de los hombres se iba transformando dando pie a todo tipo de controvertidas situaciones.

En épocas donde gélidos temporales de nieve atravesaban estos valles del clan de los cuernos largos, todo el mundo se resguardaba dentro de la gran cabaña comunal, y se arrejuntaban buscando la protección del calor que emanaba de la gran parrilla, situada justo en el centro de la construcción.

Mientras en el exterior el temporal arreciaba y caían grandes copos de nieve, hombres, mujeres, niños y ancianos formaban una piña alrededor de la gran hoguera. Los más lívidos y rígidos rostros se relajaban al notar la caricia caliente de las llamas que se entretenían jugueteando hacia el techo, chisporroteando y dando pie a todo tipo de miradas, que al pasar del tiempo, se perdían en una enigmática dimensión plena de abstracción.

En este singular contexto alguien iba soltando la lengua y surgían historias que habían ido pasando de forma oral durante generaciones, historias que nadie escribía, sino que tan solo se guardaban en el baúl de la memoria colectiva.

Mientras Olatsson caminaba entre los matorrales, recordaba aquellos momentos tan dichosos que poco a poco se le habían ido introduciendo dentro de su piel y que le habían terminado finalmente por estrecharle muy fuerte en un vínculo poderoso con su clan ancestral.

Al mismo tiempo que se hecho a la boca una astilla y se entretenía en masticarla, iba dando gracias a los dioses por darle los ánimos necesarios para proseguir en este su éxodo personal y al caminar sobre la tierra y los cantos de pedernal se iba imaginando que lo hacia por un pasillo de bello mármol, dentro de una maravillosa y monumental estancia, perteneciente al palacio de la morada de los dioses.

Jugando con estos pensamientos, apenas se había dado cuenta de que ya se había internado en la espesura semi oscura del tupido bosque.

El sol en este momento iba trazando ya una trayectoria declinatoria, lo que hacia suponer que no faltaba mucho para que sobreviniese el tiempo de las sombras, que acaban por hacer sucumbir al hombre en la más profunda ceguera, y es aquí donde la realidad llega totalmente a desaparecer de la conciencia.


Llegaba el momento de parar, de dejar el cuerpo rígido y quieto, el instante de buscar matojos con los que encender un fuego, de buscar ramajes con los que cubrirse de la indeseada intemperie.

Sudoroso y agotado, torpemente trazó un círculo con un palo al pie de un gran pino. Limpio la arenilla y arrancó cardos y matojos desagradables. Dispuso cerca un montoncito de hebras secas entre un grupo de piedras y a continuación añadió unos palitos. Sacó del interior de su humilde ropaje un par de piedrecitas de pedernal y arrimándolas a la yesca las fue chascando hasta que una de las chispas prendió, entonces acercó su boca al incipiente humo y sopló suavemente hasta que aparecieron unas tímidas llamitas, luego añadió más palitos y poco a poco el fuego quedó prendido y listo.

Acto seguido se acurrucó junto a el, sacó unas bayas y fue comiendo, luego mascó unas raíces y así se fue quedando dormido, no sin disponer antes a su lado su gran hacha, su espada y su cuchillo, con el objeto de prevenir cualquier alarma imprevista.

La luna apareció semi oculta por un anillo de brumas, anunciando un mal presagio de acontecimientos futuros. Los dioses permanecían distantes, al otro lado del umbral del mundo de los hombres. Los maleficios y hechizos venenosos encontraban en la oscuridad el ideal conducto para llegar a sus destinatarios. Los hombres morían continuamente y la vida se sustentaba muchas veces tan sólo gracias al dominio de las más elementales artes de la supervivencia. El malvado Loki se paseaba impugne a través de las encrucijadas del mundo terrenal, pues esto le divertía notablemente y le dispensaba de las largas jornadas llenas de aburrimiento en su palacio de Asgard.

Los grandes dioses simplemente ignoraban todo esto, como si no fuera de su incumbencia, pues los asuntos de otros dioses, aunque fuesen malvados y produjeran daño a los mortales, no se encontraban dentro de la órbita de su atención, a no ser que surgiese algún acontecimiento de tan gran envergadura que viniese a alimentar su disposición para actuar, por eso en el transcurso de la historia de los hombres, casi nunca se había producido la intervención de los poderes divinos en su favor.

Olatsson fue encontrando el acomodo necesario, acariciado por el calor de la pequeña fogata y medio saciado su estomago con la ingesta de bayas y raíces, la situación era propicia para entrar en el mundo de los sueños.

Se puso a recordar, como si de un juego de distracción se tratase, de las enseñanzas de los antiguos, que desde muy joven le habían infundido las narraciones escuchadas en su poblado. El gran poder del dios Thor que portaba siempre su martillo y que al golpear el suelo con la gran maza se desprendía una energía de fuerzas incontrolables que daban lugar al poderoso rayo que caía sobre la tierra.

El gran Asgard, la morada de los dioses. El Gran Dios Odín, el gran padre, que regía las leyes del universo.

En muchas ocasiones, en las limpias noches de verano, había permanecido tumbado en el borde del desfiladero, dejando pasar las horas en el seno de la larga noche contemplando curioso y divertido las constelaciones de estrellas, las luces que se le antojaban fastuosos palacios donde moraban los grandes dioses.

Allí donde se entrenaban en combate los hijos de Odín. Donde tejían maravillosos cortinajes con telas llenas de estrellas las hermosas diosas, las esposas y las hijas de los dioses.

Cuando de pronto se veía cruzar el tapiz oscuro del cielo una estrella fugaz, Olatsson creía ver el carro de Thor que bajaba hacia la tierra para disponer su poder y su impronta entre los mortales.

Eran buenos tiempos aquellos, tiempos donde el cuerno sonaba alegre y abundante. Tiempos de juventud plena, de descubrimiento paulatino del mundo mortal. El joven Olatsson reía a pleno pulmón corriendo al borde del fiordo a observar los barcos que regresaban al pequeño puerto del poblado. Oía el singular e incesante sonido de los cuernos que vibraban expandiendo el sonido ronco que acariciaba y divertía sus oídos.

Tiempo de dicha. Cuando le gustaba con sus dedos juguetear con las doradas trenzas de su amada.

Luego, vinieron tiempos donde el cielo se vistió de colores ocres y amarillos, donde aparecieron largas líneas blancas que lo cruzaron, señales de futuros acontecimientos, presagio de cambios.

Luego, se hizo hombre, se convirtió en guerrero. Se embarcó en expediciones unas exitosas otras infructuosas. Sintió el poder y la fuerza del mar. Conoció los dioses que lo mueven y lo dominan. Luchó hombro con hombro con sus compañeros contra las monstruosas bestias marinas causantes de naufragios, donde sucumbieron miles de hombres.

Navegó a través de desconocidos océanos. Se perdió entre las brumas que los dioses pusieron ante ellos, para que los hombres extraviasen sus sentidos y se internaran en los mundos de la más absoluta crueldad y la locura.

Combatió en tierras extranjeras, violó, asesinó y prendió fuego a poblados, no sin antes apropiarse de suculentos botines compuestos de cofres llenos de joyas y monedas de plata y de oro, así como bellos ropajes y telas.

Recordaba con agrado cuando los hombres regresaron victoriosos al poblado, cuánta felicidad y alegría entre todos, los que llegaban y los que salían a recibirles. Luego, las celebraciones, el saciarse comiendo y bebiendo hasta perder la conciencia… luego pasados unos días, la llamada del Jarl, la reunión y la disposición del reparto del tesoro.

Se le venían a la mente las imágenes de todo lo acontecido, su oposición y enfrentamiento por lo que consideraba injusto, ya que el Jarl pretendía las tres cuartas partes de lo obtenido. La lucha que se desencadenó y como atravesó con su espada a uno de los guardias del Jarl.

Luego, el juicio y la sentencia. El destierro por ocho inviernos. La pérdida de todos sus bienes que habían sido requisados por la casa comunal. La pérdida de su amada que le había sido arrebatada y puesta a disposición de otro hombre.

….

Olatsson frunció el ceño, desdibujo en su rostro una mueca desgarrada, sintió que la furia le agarraba por dentro de las entrañas. Cerro los puños, tenso los brazos y los elevó hacía las estrellas. Su corazón lloraba y pidió a los dioses su perdón.

Luego, finalmente, sucumbió al abismo negro, profundo, e ignoto del universo del sueño.

Ya todo era silencio, tan solo se dejaba oír el chisporrotear de las llamitas y de ven en cuando, en lo profundo del bosque el aullido de un gran lobo.
………………………………………
Olat, Madrid, 9.12.2011
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Meskala Seidk
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MensajePublicado: Mar Dic 20, 2011 6:42 pm    Título del mensaje: Re: El guerrero perdido II (Corregido y aumentado) Responder citando

un relato precioso Olat. tu generosidad al compartirlo es de resaltar. no todos los escritores "regalan" sus obras como tu.

gracias de nuevo. Ok Ok Ok
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