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ESTAMPAS DE LA GUERRA EN LA ESPAÑA VISIGODA

 
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Ernust
Goðe


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MensajePublicado: Vie Sep 05, 2008 10:42 pm    Título del mensaje: ESTAMPAS DE LA GUERRA EN LA ESPAÑA VISIGODA Responder citando

Entre Vouillé y Guadalete



Dos batallas -dos derrotas militares- encuadran cronológicamente la historia del reino visigodo de España. En el año 507 la batalla de Vouillé, en la que el rey visigodo Alarico II fue vencido y muerto por el franco Clodoveo, decidió el nacimiento del reino visigodo español. Tras noventa años de existencia, el reino tolosano se derrumbó y los visigodos hubieron de cruzar los Pirineos y buscar un nuevo asentamiento en la Penín-sula Ibérica. Las Galias iban, por fin, a transformarse en Francia, el país de los francos, con la excepción de la Galia Narbonense, que sería dominio visigodo hasta comienzos del siglo VIII. Así, por extraña paradoja, el revés militar sufrido por los godos en las cercanías de Poitiers y la eficaz intervención de Teodorido el Ostrogodo a favor de su nieto Amalarico, hijo del difunto Alarico II, determinaron la aparición de un reino hispánico, que con toda razón podrá ser considerado reino y patria de los godos. Vouillé podría ser considerada como la felix culpa que dio vida a la España visigoda.


Esa España dura dos siglos y su desaparición se consumó en otra acción militar, Guadalete, en el mes de julio del año 711. Pocos acontecimientos registra la historia de tan desastrosa consecuencias como esta derrota, que provocó la súbita desaparición de una realidad política de la entidad del reino de los godos. Y, sin embargo, es obligado afirmar que los visigodos había jugado -y siguieron jugando- un papel decisivo en la configuración de España como una de las grandes naciones europeas. San Isidoro lo advirtió lúcidamente al ensalzar la política del "gloriosísimo Suínthila", que obtuvo un triunfo superior al de todos los demás reyes, pues al acabar con los últimos reductos bizantinos, "fue el primero que obtuvo el poder monárquico sobre toda la España peninsular". La obra de los visigodos no desapareció por eso con la "pérdida de España". Su legado, España, había nacido ya como entidad histórica, y por esa razón la secular empresa de la Reconquis-ta no sería más que la inmensa epopeya por rehacer España, aquella España que había sido, que se había "perdido" pero no había muerto, y que tenía que volver a ser.

La guerra, que estuvo tan presente en el orto y el ocaso de la España visigoda, reapareció a menudo en el curso de su historia. Hubo "grandes guerras", pero también, de manera casi continua, "guerras menores", dirigi-das sobre todo a conseguir y fortalecer el efectivo poder de la monarquía sobre la totalidad de la Península Ibérica. Las grandes guerras contra un ene-migo exterior fueron sobre todo guerras franco-góticas, destinadas a repeler agresiones francas; y la verdad, es que esos enfrentamientos, a diferencia de lo ocurrido en Vouillé, se saldaron de ordinario con victorias visigodas. Vale la pena recordar los episodios bélicos más significativos.

Las grandes guerras

El primero de esos episodios tuvo por escenario el valle del Ebro y lo llamé en alguna ocasión "el primer sitio de Zaragoza". La invasión franca se produjo en el año 541 y de ella nos da breve pero exacta noticia una excelente fuente histórica contemporánea: la Crónica Cesaraugustana: En este año -dice- los reyes francos, en número de cinco, entraron en Hispania por Pamplona, vinieron a Zaragoza y la sitiaron por espacio de cuarenta y nueve días, produciendo una despoblación que afectó a casi toda la provincia Tarraconense. Las fuentes francas son, afortunadamente, mucho más ex-presivas y ofrecen relatos pormenorizados de la invasión. Se trató, sin duda, de una expedición militar importante, encabezada por los hermanos reyes Clotario y Childeberto, acompañado éste por tres hijos suyos. Zaragoza resistió, y cuando la situación se hizo insostenible, los zaragozanos pusieron su esperanza en la ayuda divina: hicieron un ayuno riguroso y una procesión penitencial desfiló sobre los muros de la ciudad llevando la túnica de san Vicente Mártir. Los francos creyeron que los asediados estaban lanzando un maleficio; pero, informados por un prisionero, llamaron al obispo de la ciudad, Juan, y le ofrecieron levantar el sitio a condición de que les entrega-ra, -y así lo hizo- la estola del santo mártir.

Levantado el cerco, ¿cuál fue el definitivo éxito militar de la expedi-ción? Los historiadores francos dicen que los invasores pudieron regresar a las Galias llevando consigo un gran botín que habrían tomado, no en Zara-goza pero sí en el resto de la provincia Tarraconense. Pero esta versión del éxito relativo de la expedición es contradicha por san Isidoro que afirma que los francos fueron expulsados de España non prece sed armis -no como fruto de súplicas sino por las armas-. Según uno de los dos relatos de la Historia Gothorum, los francos fueron perseguidos por un ejército visigodo enviado por el rey Theudis, al mando del duque Theudiselo, su futuro sucesor en el trono. Éste habría cortado la retirada a los francos, que hubieron de comprar a muy alto precio una breve tregua para cruzar los Pirineos.

Pero la principal guerra franco-gótica de todos los tiempos fue la pro-vocada por el ataque franco-burgundio contra la Galia Narbonense en el año 589. Era el año de la solemne conversión de los visigodos al Catolicismo en el III Concilio de Toledo. La finalidad del ataque, inspirado por el visceral antigoticismo de Gontran de Borgoña -el monarca senior de la estirpe merovingia- no era otro que la expulsión de los visigodos de la Galia Narbonense, la única provincia transpirenaica que conservaron con posterioridad al final del reino de Tolosa. Se trató de una operación militar de gran envergadura y, aunque quizá sea exagerada la cifra de guerreros -sesenta mil- con que, según las fuentes hispanas contaba el ejército franco-burgundio, éste debía ser muy superior a sus rivales visigodos. La batalla de Carcasona constituyó por ello una deslumbrante victoria debida a la pericia militar del duque Claudio de la Lusitania, el mejor general de Recaredo, que no era godo de raza, sino hispano-romano y católico: un buen indicio del grado de integración alcan-zado por los dos elementos populares -romano y godo- de la ya denominada unitariamente gens gothorum.

La noticia transmitida por san Isidoro no puede ser más entusiasta: Recaredo obtuvo un glorioso triunfo sobre casi sesenta mil soldados francos que invadían la Galia, enviando contra ellos al duque Claudio. Nunca se dio en España una victoria de los godos ni mayor ni semejante; pues quedaron tendidos en tierra o fueron cogidos prisioneros muchos miles de enemigos, y la parte del ejército que quedó, habiendo logrado huir inesperadamente, perseguida por los godos hasta los límites de su reino fue destrozada. Juan de Bíclaro veía en su Crónica, contemporánea de estos hechos, un signo del auxilio de la gracia divina al católico Recaredo y a su pueblo, converso del arrianismo, y comparaba la gesta del duque Claudio con la de Gedeón, que venció con trescientos hombres a una ingente multitud de madianitas. La magnitud de la victoria visigoda en la batalla de Carcasona viene corroborada por el testimonio de las propias fuentes francas. Gregorio de Tours, que arroja la parte principal de la culpa sobre el duque Boso, comandante del ejército franco-burgundio, da unas cifras alarmantes: los francos habrían tenido cinco mil muertos y otros dos mil cayeros prisioneros.

Las "guerras menores"

Las "guerras menores" -como ya se ha dicho- se combatieron en tierras de Hispania o de la Galia Narbonense, y tuvieron como fin la sumi-sión al efectivo dominio de la Monarquía de todo el territorio peninsular, in-cluido el reino suevo de Galicia, destinado a desaparecer anexionado por su poderoso vecino visigodo; trataron también de superar rebeliones regionales o intentonas secesionistas que pudieran sobrevenir en cualquier momento. Estas acciones militares alcanzaron su mayor intensidad durante el reinado de Leovigildo, el gran monarca unificador de España. La Crónica de Juan de Bíclaro ha transmitido una noticia fiel y puntual de aquellas acciones que se sucedieron con sorprendente regularidad, año tras año, a lo largo de tres lustros. Una sucinta relación de estas campañas puede contribuir a dar idea de este interesante capítulo de la historia militar hispano-goda.

Apenas asumido por Leovigildo el gobierno de Hispania dieron co-mienzo las campañas militares. En el año 570 los visigodos combatieron a los bizantinos en la Bastetania y en la region de Málaga; en 571 ocuparon la importante plaza fuerte bizantina de Sidonia; en 572 se apoderaron de la rebelde ciudad de Córdoba, núcleo de la resistencia antigótica de la Bética, y redujeron a su autoridad otras localidades y aldeas de la comarca. A partir del año 573, las expediciones se dirigieron hacia otras tierras distintas del mediodía peninsular: ese año, el objetivo fue la región de la Sabaria poblada por los sappos, tal vez el grupo de astures cismontanos. En el año 574 le tocó el turno a Cantabria, una región situada en tierras hoy de Santander y Burgos, que se había mantenido independiente de la autoridad visigoda. En 575 el ejército de Leovigildo hizo una incursión a una región limítrofe con el reino suevo, los montes Aregenses, cuyo príncipe, Aspidio, fue capturado con su mujer y sus hijos. En 576 los visigodos "perturbaron" las fronteras con la Galicia sueva y, su rey, Miro, envió embajadores en demanda de una paz que no pasó de ser una precaria tregua.

En el año 577, el esfuerzo militar visigodo se dirigió otra vez hacia el mediodía peninsular y, en concreto, contra la Oróspeda, una abrupta región en torno a la sierra de Cazorla; los indígenas se rebelaron y fueron reducidos por la fuerza. La ocupación de la Oróspeda aparecía a los ojos del Biclarense como la culminación del ingente esfuerzo desplegado por Leovigildo desde el año 570. El cronista escribe que en el año 578, aplastados por doquier los rebeldes y vencidos los invasores, el monarca y su pueblo pudieron gozar de un merecido descanso. Fue un reposo temporal, pues el levantamiento en la Bética del católico príncipe Hermenegildo y la consiguiente guerra civil entre padre e hijo polarizaron la vida del reino durante los cinco años siguientes. La guerra civil, que tuvo por principal teatro la Bética, no fue óbice para que los visigodos ocuparan en 584 una parte de Vasconia y fundasen la ciudad de Victoriacum en un paraje cercano a la Vitoria actual. En 585, Leovigildo, que moriría al año siguiente, completó su gran designio político con la ane-xión de la Galicia sueva. La Crónica del Biclarense proclamó con acento triunfal: Leovigildo … sometió a su potestad la nación de los suevos, su tesoro y su patria, e hizo de ella una provincia de los godos.

Desaparecido el reino suevo, sometido de hecho a la autoridad de la monarquía visigoda el conjunto de sus dominios peninsulares, no por ello desaparecieron de la historia castrense visigoda las "guerras menores". La presencia bizantina en el Levante peninsular provocó una serie de campañas militares que se prolongó hasta la desaparición, en torno al año 620, de los últimos residuos de la provincia imperial en Hispania. Pero algún episodio extraordinario, como la rebelión del duque Paulo en la Narbonense y, sobre todo, la subsistencia de un limes vascón en el norte peninsular, explica que las campañas militares, las publicae expeditiones, constituyeran un fenómeno crónico que se prolongó hasta el final de la España visigoda.

Retórica y propaganda

San Isidoro, al referirse a estas "guerras menores" contra bizantinos y vascones hace una observación interesante: en tales operaciones -dice- parece que se trataba más que de hacer una guerra, de ejercitar a su gente como en el juego de la palestra. Esas campañas periódicas aparecen como unas maniobras de adiestramiento para mantener en buena forma a la juven-tud, cuyo espíritu se enardecía con el recuerdo y la práctica de las virtudes militares del pueblo de los godos. Un pueblo que, como culminación de su gloriosa carrera, se había fundido con España. Por eso san Isidoro termina así su Alabanza de España: la floreciente nación de los godos, después de innumerables victorias en todo el orbe, con con empeño te conquistó y amó, y ahora te goza segura entre ínfulas regias y copiosisímos tesoros en se-guridad y felicidad de imperio.

La conciencia de seguridad, la moral de victoria heredadas de un paseo militar glorioso, se renovaban con el ejercicio de la milicia y constituían un factor indispensable para mantener vivo un prestigio nacional que contribuyó a forjar el que ha sido denominado "mito Gótico". El valor de los godos había sido puesto en duda a propósito de la batalla de Vouillé. Clodoveo presentó la guerra como una cruzada contra los herejes: Ardo en impaciencia –dijo a sus guerreros- viendo a los arrianos ocupar una parte de las Galias. Marchemos contra ellos y, con la ayuda de Dios, someteremos su país. El co-mentario de Gregorio de Tours a la victoria franca tiene un cierto regusto de sarcasmo: Tras unos intentos de resistencia, los godos, según tienen por costumbre, volvieron las espaldas y Dios concedió la victoria a Clodoveo. Pero Vouillé -como ya se advirtió- quedaba muy atrás y desde entonces la victoria sonrió reiteradamente a los godos en sus luchas contra los francos. La importancia de la retórica propagandista se puso especialmente de manifiesto con ocasión de la guerra dirigida por el rey Wamba contra el duque Paulo de la Narbonense.

La rebelión se produjo cuando Wamba, en el primer año de su reinado, se encontraba luchando contra los vascones en las cercanías de Cantabria. Ante la inesperada noticia del levantamiento de la Galia, hubo disparidad de opciones sobre si procedía emprender de inmediato la marcha hacia la provincia rebelde o si sería más prudente retornar a sus bases, reforzar el ejército en hombres y pertrechos e iniciar entonces la campaña en mejores condiciones. Wamba se declaró partidario de marchar contra los rebeldes sin demora ni descanso. Julián de Toledo ha recogido algunas arengas pronunciadas por Wamba y por el cabecilla de los rebeldes, que constituyen una interesante muestra de la retórica militar de la época de la Tardía Antigüedad:

Ya tenéis noticias, jóvenes -comenzó diciendo Wamba- de la calamidad que ha caído sobre nosotros y de cual es el propósito que persigue el autor de esta sedición. Es preciso tomar la delantera al enemigo y combatirle antes de que el incendio se propague todavía más. Sería vergonzoso no correr inmediatamente a la lucha y regresar a nuestros hogares sin haber acabado con el… Sería ignominioso que el adversario nos tenga por débiles y afeminados, como ocurriría si no somos capaces de hacerle frente con todas nuestras fuerzas. Y refiriéndose al papel que los francos pudieran tener en la rebelión de Paulo, el monarca añadía: No es con mujeres sino contra hombre que hay que combatir; de sobra es sabido que jamás los francos fueron capaces de resistir a los godos. La conclusión a que Wamba llegó era terminante: ¡Asestemos sin demora un duro golpe a los vascones y marchemos veloces contra los sediciosos, para acabar con ellos de una vez para siempre!.

Cuando la guerra llegaba a su punto álgido y los godos preparaban el asalto a Nimes, el último reducto de Paulo, éste trató de levantar la moral de sus aliados y disipar sus temores: no tenéis por qué temer -les decía-; aquel famoso valor militar de los godos, que les hizo temibles en la defensa de lo suyo y terribles ante el enemigo se ha marchitado. Han olvidado el arte de combatir; no tienen ya costumbre de luchar, ni experiencia de hacer la guerra. Esos aliados, luego, en el fragor de la batalla, dirigirían duros reproches a Paulo por su engañoso optimismo: de ningún modo advertimos en los godos -protestaban- aquella indolente apatía de que nos hablaste. Bien al contrario, les vemos rebosantes de audacia y bien resueltos a alzarse con la victoria. Es evidente que, en la Galia, la guerra psicológica intentada por los rebeldes se volvió contra ellos.



La liturgia de la guerra

En la época de la monarquía visigodo-católica, la reiteración de las "guerras menores" llegó a dejar su huella en la liturgia de la Iglesia. La mar-cha del rey y del ejército desde Toledo para dar comienzo a una campaña y el retorno a la urbe regia estuvieron rodeados de unas solemnidades rituales que pueden reconstruirse con ayuda del Liber Ordinum y de los himnos com-puestos para estas circunstancias. Los documentos de que disponemos permiten rehacer a grandes rasgos una estampa de la vida religioso-castrense de la España del siglo VII.

La basílica Pretoriense de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, situada extramuros de la capital toledana -seguramente la iglesia de la mesnada real- era el escenario de la ceremonia litúrgica de despedida del ejército que iba a entrar en campaña. El rey, al llegar ante la puerta del templo, era incen-sado por dos diáconos y, luego, precedido por los clérigos portadores de la cruz, entraba en la iglesia y se postraba en oración. El coro cantaba la antífona ¡que Dios esté en vuestro camino!, tras la cual el obispo rezaba en voz alta una oración pidiendo a Dios que asistiera al monarca y a su pueblo y le concediera los bienes que más necesitaba: un ejército valeroso, unos jefes leales, la concordia de los corazones, para poder así obtener la victoria y retornar felizmente a aquella misma iglesia de donde ahora partía.

El obispo hacía entonces entrega al rey de una reliquia de la "Vera Cruz" y el monarca, tras tenerla en sus manos, la pasaba al clérigo que habría de llevarla durante toda la campaña. Acercábanse entonces los aban-derados y cada uno recibía el estandarte de manos del obispo y salía al exte-rior de tal modo que junto a las puertas del templo se congregaban todos los abanderados con sus enseñas. El obispo salía entonces al umbral de la basílica y un diácono invitaba: ¡Humillémonos para recibir la bendición! Otro diácono decía luego la fórmula de la despedida: En nombre de Jesucristo, ¡Id en paz! El rey abrazaba al obispo, montaba a caballo, el clérigo portador de la "Vera Cruz" se ponía en cabeza y todo el ejército emprendía la marcha. Es probable que mientras la hueste se alejaba, el clero entonase el himno litúrgi-co In profectione exercitus, conservado en el "Himnario" toledano al que pertenecen entre otras las siguientes estrofas:

Te pedimos humildemente ¡Señor! que conduzcas por el camino derecho a los rectores de la patria, junto con los pueblos a ellos confiados.

Sé un guía plácido para estos hijos tuyos y que la fuerza angélica les acompañe. Destruye, ¡oh Dios!, los ejércitos enemigos y sus bélicos pertrechos.

Tú ¡Padre de todos los reyes! escucha el gemido de nuestros prínci- pes y atendiendo a las fúnebres ofrendas de tus fieles destruye a los enemigos con tu recta espada.

Concede oh Cristo, a nuestros cristianos reyes, la palma celestial de la victoria sobre los adversarios.

Mientras duraba la guerra, proseguían las plegarias por el ejército. Un concilio de Mérida del año 666 dispuso que todos los días … se ofrezca el Sacrificio a Dios Todopoderoso por su seguridad, la de sus súbditos y la del ejército, para que el Señor conserve a todos la vida y el Omnipotente otorgue la victoria al rey (can. 3). Terminada la guerra, el rey regresaba al frente de las tropas a la basílica de los Santos Apóstoles. El Liber Ordinum recoge también la liturgia del retorno y las oraciones que se recitaban en esta circunstancia.

Los desastres de la guerra

El título con que se conoce la célebre serie de grabados de Goya sobre la guerra de la Independencia tiene validez general y pone de manifiesto que también las guerras menores podían llevar aparejados infortunios y penalidades. Esto parece haber ocurrido concretamente en las fuertes ofensivas militares dirigidas por el rey Sisebuto contra los bizantinos entre los años 615 y 616.

Es bien sabido que Sisebuto fue uno de los monarcas que más eficazmente contribuyó a la desaparición de la provincia bizantina de España. Este monarca -escribió san Isidoro- fue notable por sus conocimientos en el arte de la guerra y célebre por sus victorias. Redujo a su autoridad a varios pueblos del interior que se habían rebelado. Además dirigió dos campañas contra los bizantinos arrebatándoles algunas ciudades, entre ellas Málaga. Pero este rey era un hombre de corazón sensible y le afectaban sinceramente los sufrimientos que provocaba la guerra.

La fama de piedad del monarca trascendió más allá de las fronteras del reino. La Crónica franca de Fredegario le atribuye esta exclamación que habría salido de sus labios a la vista de las grandes pérdidas sufridas por sus enemigos bizantinos: ¡Ay mísero de mi, en cuyos días se produce tan gran derramamiento de sangre humana!; y añade que salvaba de la muerte a cuantos podía socorrer. San Isidoro precisa todavía más: Se mostró -dice- tan clemente después de la victoria que pagó un precio con el fin de poner en libertad a muchos que habían sido hechos prisioneros por su ejército y re-ducidos a esclavitud, llegando incluso su tesoro a servir para el rescate de los cautivos.

La correspondencia cruzada entre Sisebuto y el patricio bizantino Cesario, gobernador de la España imperial y su adversario en la lucha, viene a confirmar los sentimientos humanitarios del rey visigodo. ¿Por qué -se pregunta- los días que deberían proporcionar gozo y alegría a quienes vivimos honestamente han de estar ensombrecidos por fúnebres exequias, frecuentes pestes y ruinosas calamidades? … Si se producen conflictos, si la cruenta espada se ensaña por doquier, si los vicios de los hombres hacen que los tiempos presentes sean tiempos de guerra, ¿qué cuentas, pensadlo, habrá que rendir a Dios por tantos crímenes, por tantas calamidades, por tantas funestas heridas? Y el rey se atreve a sugerir al patricio: ¡Retornemos a vuestro ardiente amor y a nuestro limpísimo afecto!.

Estas estampas acerca de la guerra de hace catorce siglos, con su retó-rica y su propaganda, con su liturgia y hasta con los sentimientos que provo-caba, han sido compuestas sobre las fuentes documentales contemporáneas con el deseo de ofrecer al lector una visión real de ciertos aspectos de la historia militar de España durante la época visigoda.

José ORLANDIS ROVIRA
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