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Los Indoeuropeos. DUMEZIL

 
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Konstantin
Invitado





MensajePublicado: Mar Ene 16, 2007 2:21 pm    Título del mensaje: Los Indoeuropeos. DUMEZIL Responder citando

Heilsa

Una traducción de los Indoeuropeos, de Dumezil:

LOS INDOEUROPEOS - DUMÉZIL

Todos los pueblos tienen mitos. Los mitos construyen pueblos. Los
mitos estructuran mentalidades: dan a los pueblos cohesión cultural
y les disponen para la conquista de su futuro. Cuando los mitos
desaparecen, los pueblos mueren espiritualmente; ya nada les une, no
se ve una procedencia común -luego deja de verse un futuro común.
Los mitos no desaparecen con las "Luces"; sencillamente, unos mitos
(los de las "Luces") suplantan a otros mitos (los originarios, los
fundadores). Hoy Europa ha perdido sus mitos. ¿Encontrará su futuro?
Sólo podrá encontrarlo si contempla su más antiguo pasado. Ese
pasado es indoeuropeo. Los indoeuropeos no son un mito: existieron.
Pero en sus mitos cabe encontrar el sustrato común que estructura
las mentalidades europeas. Aún hoy. ¿Mañana?

El Mito y la Memoria
El profesor Dumézil escribe: "El país que ya no tenga leyendas -dice
el poeta- está condenado a morir de frío. Es harto posible. Pero el
pueblo que no tuviera mitos, ese pueblo estaría ya muerto" (1). Y es
célebre el aforismo de Nietzsche: el hombre de más larga memoria es
el de mayor futuro. La memoria de los pueblos es el mito. Cuando se
pierde el mito, la memoria se disuelve y la actitud ante el futuro
se reduce a un mero esperar. Esperar, ¿qué?: una muerte dulce. ¿Y no
es éste el caso de Europa? Europa ha olvidado sus mitos.
Revitalizarlos exige poner en perspectiva el pasado. Ese pasado,
para los pueblos de Europa, sólo puede encontrarse en el origen
fundador de su cultura: la gran matriz indoeuropea. Pero desvelar
esa matriz implica eliminar buen número de prejuicios de nuestros
contemporáneos. Prejuicios contra el mito y prejuicios contra lo
indoeuropeo.
¿El mito? La modernidad ha denostado siempre los mitos,
considerándolos simples supercherías para almas primitivas. Sin
embargo, hace ya algunos años que se revaloriza el mito; hoy se
ha "descubierto" que el mito tiene una función social definitoria.
Esa función, según Dumézil, consiste en "expresar dramáticamente la
ideología de que vive la sociedad, mantener ante su conciencia no
solamente los valores que reconoce y los ideales que persigue de
generación en generación, sino ante todo su ser y su estructura
mismos, los vínculos, los equilibrios, las tensiones que la
constituyen; justificar, en fin, las reglas prácticas tradicionales
sin las cuales todo lo suyo se dispersaría" (2). Es decir, que el
mito no es el "cuento", no es la superchería; es la magia (en el
sentido en que la entiende Sánchez Dragó), es el conjunto de valores
que pueden estructurar a perpetuidad la cultura de un pueblo y que,
aunque se olviden de vez en cuando, pueden siempre volver. Europa
debe reencontrar (re-crear) sus mitos.
Y los indoeuropeos. Gran prejuicio de la sociedad occidental. Y
prejuicio antiguo. En primer lugar, porque lo indoeuropeo se opone a
la vieja tesis de la procedencia semito-camítica de toda
civilización. En segundo término, porque, a raíz de que el
pangermanismo monopolizara lo indoeuropeo (produciendo consecuencias
que todos conocemos y de las que resulta ocioso hablar), el
término "indoeuropeo" despierta infaliblemente numerosos fantasmas
políticos e ideológicos. Hoy es ridícula cualquiera de las dos
posturas. La primera, porque las más recientes investigaciones en
historia y en arqueología confirman la existencia de poblaciones
europeas con cultura autóctona evolucionada previas a los primeros
contactos con el Oriente Medio; ejemplifican este punto las
investigaciones del arqueólogo británico Colin Renfrew (3). En
cuanto al prejuicio político, es ridículo porque nadie puede
atribuirse exclusivamente el patrimonio indoeuropeo; todos los
europeos somos, al menos parcialmente, de origen indeoeuropeo; la
cultura europea pertenece a portugueses y alemanes, a latinos, a
hindúes e irlandeses.. . Nada tan miserable como culpabilizar la
memoria de un pueblo por estrechas motivaciones políticas. Y sería
un buen ejercicio intelectual averiguar quién es el interesado en
culpabilizar la memoria de Europa.
Decía Castelar en una famosa frase: "Los pueblos que olvidan la
historia de sus antepasados, decaen miserablemente; porque pierden,
con la gratitud, la memoria, y, con la memoria, la ciencia". Los
mitos fundadores, la memoria de Europa, están en los indoeuropeos.
Sumergirse en ellos, estudiarlos, interpretarlos, significa abrir
los oídos a la llamada de nuestros más antiguos antepasados.

Los indoeuropeos
Como se sabe, "Indoeuropeo" es en origen un término lingüístico que
nació cuando se publicaron, en el siglo XIX, los trabajos de Franz
Bopp, Alexander von Humboldt y Jakob Grimm sobre el estudio
comparado de los sistemas lingüísticos de las principales hablas
europeas (salvo el húngaro, el finés, el vasco y el lapón). A partir
de una correlación de forma, este método comparativo, por medio de
una operación de equivalencia análoga a los cálculos de proporción
aritméticos, deduce un parentesco que plantea la necesidad lógica de
un origen común; es decir, la existencia de una "lengua madre" para
las "lenguas hijas" europeas. Sucesivamente, se estableció la
gramática, la sintaxis y el léxico del indoeuropeo común. Y si había
un lenguaje indoeuropeo, habría un pueblo indoeuropeo -o varios
pueblos, como parecen indicar todos los datos. Como escribe Pedro
Bosch Gimperá, "se considera a partir de entonces la existencia de
un pueblo primitivo (el Urvolk de la escuela alemana), cuyo
territorio (Urheimat) se sitúa con frecuencia en Asia, que hablaba
una lengua originaria (Ursprache), fuente de los dialectos de los
cuales derivarán las lenguas indoeuropeas históricas" (4).
¿Cuál es ese Urheimat, el territorio original? A partir del
vocabulario se puede saber que los pueblos indoeuropeos vivían
en "zonas templadas, más húmedas que secas y más frías que
calientes" (5), o en "una región templada, boscosa y continental"
(6). Esa región ha sido situada en diversos lugares, pero hay tres
tesis fundamentales sobre el origen de los indoeuropeos. La primera
es la del origen asiático, formulada por Max Müller en 1888 y
seguida por H. d'Arbois de Jubainville, Keary y Ripley; hoy no es
defendida por nadie. La segunda tesis propone un origen nórdico o
germánico, basándose en las características físicas que los textos
antiguos atribuyen a los indoeuropeos; el territorio original
estaría entre los mares Báltico y del Norte, ya fuera en Lituania
(7), en el norte de Alemania y Escandinavia meridional (8) o en
Alemania Central (9). La tercera propuesta, defendida entre otros
por Gordon Childe y Bosch Gimperá, cree encontrar el territorio
indoeuropeo original en Europa central o Rusia meridional (10).
Otros autores tratan de conciliar las dos últimas tesis (11). En
definitiva, como resume Alain de Benoist, "el hogar primitivo podría
situarse en una zona circunscrita entre el Elba y el Vístula, que se
extiende hasta Jutland por el norte y hasta los Cárpatos por el sur"
(12).
En ese núcleo originario vivieron los pueblos indoeuropeos, que
según Bosch Gimperá aparecen étnicamente en el mesolítico y
arqueológicamente a inicios del neolítico. En el segundo neolítico -
siempre según Bosch Gimperá- son ya semisedentarios y se produce una
explosión demográfica que transformaría la vida social. Vendrá
entonces la dispersión, que tendrá lugar en dos olas migratorias: la
primera hacia -2.200 y la segunda hacia -1.250. Los indoeuropeos se
expanden por los cuatro puntos cardinales. Hacia el este, crearán
las sociedades iraní y védica, el imperio Hitita y el reino de los
llanos de Anatolia; el sur lo ocuparán los griegos y los latinos; el
centro, los celtas y los germanos; hacia el norte ocuparán
Escandinavia. A España llegaron en la ola migratoria del Oeste, la
misma que cruzó Francia y alcanzó las islas Británicas; J. Carlos
Alonso ha sostenido la influencia indoeuropea en Tartessos (13);
Sánchez Dragó nos recuerda la insistencia, en la arqueología
española, de elementos como la escritura ógmica, las svásticas o los
dólmenes -de no ser que éstos tuvieran ascendencia "atlante", lo que
nos abre un tema que podremos tocar en otra ocasión (14); el mismo
Sánchez Dragó refiere la teoría de Roso de Luna (indemostrable, pero
también irrefutable) acerca de la invasión del Bierzo por
indoescitas y parsis nada menos que "en época pre-diluvial" (15); y
la herencia indoeuropea no se olvidó durante cierto tiempo, a juzgar
por los motivos ornamentales que adornan nuestros códices
medievales -y en particular un "Beato" del siglo XI en el que las
alas de cuatro ángeles sirven al artista para formar una de esas
espirales crucíferas y laberínticas que con tanta frecuencia
aparecen en los jeroglifos, runas o dibujos de inspiración céltica o
nórdica (16). Por otra parte (y ya fuera de España), Hans Jansen ha
avanzado la tesis de que pueblos indoeuropeos han influido en
los "reinos bárbaros" del norte de China, lo que coincide con la
sugerencia de Dumézil de que pudieron haber contactos entre
indoeuropeos del este y japoneses en Siberia Oriental. Pero aún hay
más. A principios de este siglo, el hindú Bal Gangadhar Tilak
formuló un "origen ártico" de los indoeuropeos basándose en los
libros sagrados védicos; de este origen ártico provendría la mítica
hiperbórea, la leyenda del "país de las largas noches" y la Blanca
Isla de Thule (17).
Esta tesis es, si no corroborada, al menos parcialmente confirmada
por un trabajo de los investigadores soviéticos G. M. Bongard-Levin
y E.A. Grantovskij, que fundamentándose en argumentos astronómicos y
geográficos, y en estudios sobre el modo de vida y la etnología de
los "pueblos de la Taiga", defienden una estancia prolongada de un
grupo indoeuropeo hacia -3000, grupo del cual saldrían los Shaka de
la India y los Escitas (18).Como se ve, es imposible hacer una
sucesión cronológica coherente ante la cantidad de datos
contradictorios (y sin embargo, ciertos) que se nos ofrece.
¿Cómo pensaban y cómo vivían los indoeuropeos? Todo lo que de ellos
sabemos se debe a los estudios comparativos sobre los textos
hindúes, griegos, latinos, irlandeses y escandinavos. Basándose en
Jean Haudry y Mircea Eliade, Eugenio Gil ha definido la religión
indoeuropea con siete notas características: politeísta, pluralista,
no-proselitista, no-dogmática, abierta y dinámica, comunitaria, y
mítica en cuanto saber y estilo de explicación del mundo. A partir
de los estudios actuales sabemos que la religión prefiguraba la
estructura social y política, generalmente patriarcal, donde el rey
era elegido por sus iguales de entre los jefes de familia (o
de "genos") y controlado por la asamblea de jefes familiares; un
sistema que podría definirse como "aristo-democracia" . Todo ello
conduce hoy a la certeza de que los pueblos indoeuropeos no eran un
conjunto de tribus dispares a las que sólo unía una cierta similitud
lingüística, sino que se trataba de pueblos con una estructura
mental específica, con una concepción particular del hecho
religioso, de la sociedad, de la soberanía, de las relaciones entre
los hombres y los dioses, y con una teología, una liturgia, una
poesía y una literatura épica comunes. En definitiva,
una "ideología" común que ha sido redescubierta en este siglo por
Georges Dumézil. Dumézil no emplea el término "ideología" en el
sentido "ilustrado" de la palabra (construcción mental abstracta de
un orden utópico), sino que con él trata de designar la "visión-del-
mundo" de un conjunto humano determinado. A esta acepción nos
remitimos. Así, la ideología indoeuropea será la concepción según la
cual el mundo y la sociedad no pueden vivir si no es por la
colaboración armoniosa de las tres funciones superpuestas de
soberanía, fuerza y fecundidad.

Dumézil y los estudios indoeuropeos
Fue en la primavera de 1938 -cuenta Dumézil- cuando, después de tres
lustros de tanteos penosos, reconocí las grandes correspondencias
que impelen a atribuir a los indoeuropeos, antes de su dispersión,
una teología compleja, constituida en torno a la estructura de las
tres funciones de soberanía, fuerza y fecundidad" (20). En otros
términos: la primera función es la administració n de lo sagrado, del
poder y del derecho; la segunda función es la administració n de la
fuerza física, y muy frecuentemente la guerra; la tercera función es
la fecundidad, la producción y la abundancia material.
Georges Dumézil, a quien Claude Levi-Strauss atribuye "una
organización mental de capacidades fabulosas, cuyo secreto no se
esperaría hallar más que en sus genes, faena que la ciencia
biológica desalentaría en el acto" (21), nació en 1898 y desde muy
joven se consagró al estudio de los indoeuropeos. Sus méritos
tardaron mucho en ser reconocidos; sus investigaciones sólo llegaban
a un reducido círculo de especialistas hasta que en el invierno 1972-
1973 la prestigiosa revista NOUVELLE ECOLE le dedicó un número
especial elaborado bajo la responsabilidad del profesor Jean-Claude
Riviere (22). Esto aumentó el campo de interés sobre Dumézil, que
finalmente ingresó en la Academia Francesa en 1979. Hoy se reconoce
a Dumézil como el principal exponente de la Escuela
denominada "Nueva Mitología Comparada". Pero su obra trasciende la
mitología para entrar en la lingüística, la sociología, la historia
de las religiones y la historia en general. Sus primeros seguidores,
aparte del citado Riviere, fueron Chr. Guyonvarc'h, F. Le Roux, L.
Gerschel, A. Yoshida; además destacan Puhvel (que le dió a conocer
en los Estados Unidos), Grisward (que introdujo la epopeya medieval
en el campo de los estudios indoeuropeos) y Batany (cuyo artículo en
ANNALES, en 1963, inspiró el libro de Duby De las tres funciones a
los tres estados).
Entre las principales aportaciones de Dumézil, y al margen de las
que afectan a la metodología de las Ciencias Sociales (de las que
nos ocupamos en un anexo en este artículo), el profesor Riviere cita
dos que nos parecen particularmente importantes. En primer lugar, la
constatación de que los indoeuropeos no son tribus primitivas, como
defendía el etnosociólogo norteamericano F. Boas,
sino "representantes de una civilización evolucionada, con una
ideología que implica una visión original del mundo humano y divino,
poseedores de una organización estructurada de la sociedad, de una
literatura épica, de concepciones económicas y jurídicas propias,
etc" (23). Por otra parte, la constatación de la pervivencia de la
estructura trifuncional, si no como organización real de la
sociedad, sí como organización ideal, hasta muy adentrada la época
histórica, en celtas, hindúes y escandinavos; constatación a la que
se suma el hecho de que todos los pueblos no indoeuropeos que
asimilaron textos fundadores indoeuropeos los perdieron o los
modificaron hasta el punto de ser casi irreconocibles, como ocurrió
con los textos osetas (indoeuropeos) deformados por los abjazes,
atars o inguches (no indoeuropeos) , ejemplo que plantea el propio
Dumézil en la introducción al primer volumen de su Mito y Epopeya
(24). Muchas sociedades han visto el modelo social trifuncional como
modelo ideal de organización. El esquema tripartito ha sido vivido
por japoneses, indios americanos y algunas tribus africanas -que no
habían tenido ningún contacto con los indoeuropeos. Pero la
peculiaridad indoeuropea consiste en la perfecta adaptación de ese
modelo social con el panteón divino, es decir, en la perfecta
correspondencia entre la comunidad de los hombres y la comunidad de
los dioses. Ambas responden a una misma concepción del universo. El
mundo divino prefigura el humano -lo divino está en lo humano, y
viceversa. Ningún otro pueblo ha "sistematizado" de tal forma y en
tal dirección su idea de la organización del mundo.
Este último punto conduce a Riviere a preguntarse: "¿no será que esa
estructura religiosa y social corresponde a una exigencia
fundamental de la más profunda mentalidad europea?" (25). Esto
significa plantear que la ideología trifuncional constituye una
característica inherente a la mentalidad del europeo, una de
esas "estructuras latentes" (Batany) que son indisociables del
espíritu (de la cultura) de un pueblo, y que se mantienen a través
de las generaciones. Lo que nos lleva a pensar en qué medida la
ideología trifuncional esclarecida por Dumézil no sería un buen
camino para recomenzar a concebir el mundo "en europeo".

¿Actualizar las tres funciones?
Georges Dumézil escribió en una carta a Jean-Claude Riviere: "toda
actualización de los indoeuropeos me es ajena". Pero Riviere se
pregunta: "¿Está prohibido alimentar una reflexión política a partir
de una obra como la de Georges Dumézil? ¿O deberíamos creer que la
cultura se limita a glosar ininterrumpidamente textos sagrados
revelados de una vez para siempre?" (26). Porque una cosa es tratar
de reimplantar hoy las costumbres, organización social y modo de
vida indoeuropeos -lo que sería desde luego descabellado- y otra
cosa es interrogar el pasado de un pueblo en crisis de identidad (el
europeo) para encontrar allí los valores, la cosmovisión que late
aún en nuestras mentalidades. En este último sentido, una
interpretació n de la ideología indoeuropea podría invertir en buena
medida la decadencia cultural (la tan traída y llevada "crisis de
valores") europea. No se trata de una aplicación política
superficial ni a ras de tierra. Cabría hablar de "Gran Política", de
acción del pensamiento que abarca, en un sólo movimiento, filosofía,
política, historia y religión. Porque de lo que se trata es, en
definitiva, de formular a nuestro origen una pregunta capaz de
suscitar una respuesta que nos proporcione nuevos útiles de
explicación del mundo.
A favor de esta tesis hay diversos argumentos. En primer lugar, está
la constatación de que la ideología trifuncional ha estructurado en
buena medida la mentalidad europea hasta fechas relativamente
recientes. Sirvan de ejemplo los dos fundamentales resurgimientos de
la ideología tripartita como propuesta de organización social: el
primero, el formulado en la República de Platón, en el siglo -IV (en
esa misma Grecia que según algunos había rechazado la herencia
indoeuropea: tesis inexacta, como se ve); el segundo, el enunciado
en el siglo X por los teóricos de la monarquía de los Capetos, al
estructurar la sociedad en "oratores", "bellatores" y "laboratores" ,
estructura que pervivió con más o menos fortuna en toda Europa hasta
el siglo XVIII. Estos resurgimientos evidencian la continuidad del
modelo ideal tripartito en la conciencia europea. ¿Por qué no podría
servir este modelo hoy, adaptándose a la complejidad de las
sociedades industriales? He aquí un campo de investigación que puede
resultar prometedor. En segundo lugar, en el campo de las hipótesis
sociológicas, la idelogía trifuncional podría explicar bastantes
patologías sociales. ¿No podrían interpretarse, al menos en parte,
las enfermedades sociales modernas en términos de nostalgia de la
armonía trifuncional? Otro terreno para roturar. Un tercer grupo de
argumentos afecta a las posibilidades de una interpretació n
histórica retrospectiva. Esta tesis, que ha avanzado Benoist,
consistiría en explicar el devenir histórico de los pueblos nacidos
de la comunidad indoeuropea primitiva como tendente a la realización
de un cierto equilibrio entre las tres funciones, en particular
mediante la subordinación de las funciones militar y productora a la
función soberana. Las revoluciones burguesas y proletarias serían un
avatar de la rebelión de la tercera función.
Esta última tesis de lugar a una nueva interpretació n, histórica y
política (es a lo que se refería Riviere) de la trifuncionalidad.
Las alteraciones históricas estarían directamente relacionadas con
la alteración del equilibrio político trifuncional. Estas
alteraciones, lejos de ser un producto de la "dialéctica histórica",
serían ciertamente nocivas. Tan nociva como la esclerotizació n de la
función soberana sería la subversión de la segunda función, la
guerrera, que se ha manifestado tradicionalmente en regímenes
militaristas y de la cual los "fascismos" serían un avatar
intelectualizado (transposició n del poder militar real a la
uniformizació n de la sociedad mediante valores militares). La
subversión de la tercera función, la productiva, reuniría las dos
características, es decir, el poder efectivo de los criterios
económicos (común al liberalismo y al marxismo) y la penetración de
los valores mercantiles y productores en todas las capas de la
sociedad. Vemos así que de la revolución burguesa a la revolución
proletaria no hay más que un paso, y que la segunda ha sido
directamente inducida por la primera.
Las alteraciones del equilibrio funcional se manifiestan netamente
negativas. Una sociedad regida exclusivamente por valores militares
se expone a desangrarse por la herida abierta de la falta de
elevación estética y espiritual, y, nacida de la guerra, perecerá en
la guerra (como Esparta y como los "fascismos") . Por su parte, una
sociedad regida exclusivamente por los factores económicos
("Whatever is good for General Motors is also good for the USA") se
expone a caer en su opulencia bajo los golpes de los bárbaros y bajo
el auto-suicidio de la mercantilizació n de toda acción humana. Sólo
un equilibrio de las funciones, dirigido por una función soberana,
parece socialmente sano. Es decir, sólo la primacía de lo político
en tanto que destino de la comunidad (y no en tanto que mera
administració n) puede armonizar una sociedad por medio del
equilibrio jerárquico pero armonioso entre las diversas funciones
sociales.
Un último argumento a favor de la trifuncionalidad como método de
interpretació n es propiamente cultural y liga con lo dicho al
principio de este trabajo. Si queremos re-pensar el mundo "en
europeo", hemos de partir de lo que constituye la herencia
intelectual europea: la comprensión tripartita de la sociedad.
Volver al origen, interrogar nuestros fundamentos culturales, a
nuestra más primitiva conciencia histórica y espiritual, es
indispensable si queremos encontrar una solución europea para los
siglos venideros. Más allá de las simples relaciones comerciales
(tercera función) o de los problemas de defensa conjunta (segunda
función). Ese proyecto sólo puede alimentarse en una fuente: la
redinamización de nuestro pasado y nuestra historia. Tengamos la
memoria larga: la historia es del que se la merece.


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